Montañas de la locura: El descubrimiento de Pico Alto

Retrocedemos en el tiempo para contarte la gran historia de la ola más imponente de Sudamérica.

  • Olas Perú
  • 5000 años Surcando Olas
  • 10/04/2020
  • 10618
Escuela de tabla Olas Perú

Ivo Hanza en Pico Alto

Hoy el Perú ya es reconocido como uno de los emporios de olas en el mundo. Pero a mediados de la década de los sesenta, tres eran las playas que generalmente se corrían: Waikiki, Kon Tiki y Punta Rocas. Pronto, el ansia por encontrar mejores rompientes despertó el instinto aventurero de nuestros tablistas. Una de las primeras en descubrirse fue la descomunal rompiente de Pico Alto.

Situada mar adentro, a la altura del kilómetro 43 de la Panamericana Sur, esta rompiente seducía la mirada de nuestros avezados tablistas, insinuándose a la distancia como una salvaje reventazón de olas inalcanzables. Y fue así como, el 29 de junio de 1965 para ser precisos, Joaquín Miro Quesada convenció a sus amigos Miguel Plaza y Francisco Aramburú de probar lo que hasta entonces era considerado como un imposible.

Cansados de ser simples espectadores, estos tres tablistas legendarios cogieron ese día sus tablas, sobrepasaron la rompiente de Kon Tiki y se internaron mar adentro, en pos de las descomunales olas que, en la distancia, se levantaban majestuosamente como amenazantes tsunamis. Luego de remar una media hora, los tres aventureros llegaron al corazón de la rompiente, y sus ojos no dieron crédito a lo que estaban viendo. Frente a ellos, las enormes murallas de agua se levantaban del agitado lecho marino, en forma de montañas que estallaban sobre sí mismas produciendo un estruendo aterrador.

Foto: Juan Miro Quesada Rafael Hanza Ivo hanza Sergio Barreda

Luego de contemplar un par de series sentados sobre sus tablas, los tres audaces deportistas decidieron enfrentarse a las olas. Una vez colocados en el punto donde estallaban los tsunamis, los tres amigos se dispusieron a correr las olas más grandes de su vida.

El primero en lograrlo fue Joaquín, quien desapareció de la escena luego de descender a una velocidad vertiginosa por el lomo interminable de una ola de seis metros. Ni Pancho, ni Miguel, habían visto en sus vidas olas semejantes. Siguiendo el ejemplo de su amigo, dominaron sus propias olas y se enfrentaron con éxito a las largas murallas de agua.

Pasaron la tarde entera en las montañas de la locura y decidieron bautizar la gigantesca rompiente con el nombre de: Pico Alto. En un artículo escrito por Miguel Plaza en 1967 encontramos una de las primeras descripciones de Pico Alto: “El punto donde se cogen las olas está bastante distante de la playa. Tal vez a unos diez o veinte minutos de la orilla a un ritmo de remada normal, sin tener en cuenta el tiempo que se pierde al entrar, pues cabe la posibilidad de estancarse en una de las reventazones de la playa que ahí existen.

Foto: Miguel Plaza en Pico Alto 

Una vez adentro, el ubicarse no es tan sencillo, pues la rompiente está ubicada en el medio de una bahía rodeada de cerros de arena, y los únicos puntos de referencia que existen no son muy claros, y además, es muy fácil que la corriente aleje al tablista del lugar indicado.

A pesar de que la ola siempre entra por la misma dirección y revienta bastante parejo variando solamente por el tamaño, la ubicación es algo que requiere de mucha exactitud, pues la rompiente tiende a ser muy variable a la vista del tablista que no conoce el lugar, lo cual lo pone en una situación de poder ser cogido por una ola entre series en caso de estar fuera de sitio”. Debemos tomar en cuenta que cuando se descubrió Pico Alto no existía la pita, los tablistas que sufrían una caída generalmente debían regresar a la orilla nadando.

La crónica de Miguel Plaza, además de ser extremadamente valiosa ya que fue escrita por uno de los hombres que inauguró Pico Alto, ofrece al lector consejos en caso de caer en una ola gigante, y es casi un manual de supervivencia para los corredores de ola grande. En un párrafo dice: “Pico Alto no es un lugar para inexpertos”. Y de hecho, su frase es cien por ciento real. Quien tenga años practicando la tabla, un físico envidiable y unas ganas desesperadas de experimentar la sensación de bajar una montaña de agua, que vaya a Pico Alto, pero de no ser así, más le vale quedarse en la orilla contemplando el espectáculo.

 

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