
El Perú fue probablemente el primer país en donde se experimentó con la posibilidad de correr olas con pita. Fortunato Quesada Lagarrigue, apodado cariñosamente por sus contemporáneos como “El Técnico”, se hizo famoso a fines de los años cincuenta por aplicar una soguilla a su tabla, para no perderla y tener que nadar hasta la playa. El mismo Fortunato cuenta que no faltaron personas que lo tildaran de loco, pero lo cierto es que nuestro tablista estaba a la vanguardia en lo que a tabla se refiere, porque unos años más tarde casi todas las tablas del mundo ya presentaban un diseño que llevaba una pita incluida.
La pita cambió radicalmente el panorama de la tabla mundial. Al punto que se puede hablar sin mayores problemas de dos grandes etapas en la historia del arte moderno de correr olas: antes y después de la pita. Para tener una idea, enumeraremos los problemas que tenían que enfrentar los tablistas que corrieron sin pita, para luego compararlos con la facilidad de la que gozaron los tablistas que, a partir de los años setenta, empezaron a correr con pita.
Entre 1938, año en que llegó la tabla hawaiana de Dogny, y 1969, los tablistas corrían varios peligros, a saber: quedar expuestos al oleaje mientras la tabla era arrastrada cientos de metros; ellos mismos corrían el peligro de terminar estrellados contra las rocas o de perecer ahogados cuando la tabla los abandonaba; una tabla suelta, sacudida a merced de las olas, siempre representaba un peligro para los tablistas que se hallaban ingresando a las playas. El hecho de no contar con la pita hizo que durante muchos años se retrasara la posibilidad de inaugurar varias rompientes, como las de Punta Rocas y La Herradura, ya que de perder tu tabla, esta terminaba inevitablemente despedazándose contra las rocas. Al no contar con la pita, los tablistas estaban obligados a calcular sus riesgos, desarrollando estilos muy conservadores en cuanto a sus maniobras. Muchas veces, en su afán por no perder las tablas, los tablistas se aferraban a ellas, siendo arrastrados por las olas decenas de metros, con la posibilidad de estrellarse contra las rocas.
Con la llegada de la pita, los tablistas pudieron enfrentarse a playas que hasta entonces no habían sido tocadas, ya que desaparecía el riesgo de quedar a merced de las olas o que las tablas terminaran despedazándose contra las rocas de la orilla. Por otro lado, la pita facilitaba la ejecución de maniobras cada vez más radicales, ya que si uno intentaba hacer un roller y no le resultaba, siempre quedaba el consuelo de tener la tabla a la mano para repetir la maniobra una y otra vez, hasta llegar al punto de dominarla a la perfección. Gracias a la pita, el estilo de correr olas evolucionó notablemente, generando la aparición de una generación de tablistas más arriesgados y radicales, que confiados en la funcionalidad de las pitas, dieron nacimiento a una serie de maniobras espectaculares.

Por otro lado, y según muchos tablistas veteranos, la aparición de la pita trajo consigo ciertas desventajas. Antes, por ejemplo, solo los que estaban seguros de su habilidad se atrevían a retar las olas de playas tan peligrosas como La Herradura y Punta Rocas, lo cual garantizaba que una sesión en estas playas siempre fuera protagonizada por un puñado de expertos. Las rompientes más arriesgadas fueron virtualmente invadidas por legiones de tablistas que no tenían mayores reparos en arrojarse a las olas temerariamente, dificultando el desempeño de los tablistas más hábiles. Con la aparición de la pita, finalmente, se perdió para siempre una de las principales motivaciones de la tabla, a saber, la responsabilidad de correr una ola haciendo todo lo que fuera posible y necesario para no perder la tabla. Desde que apareció en las costas del mundo, la pita no hizo otra cosa que evolucionar para hacerse cada vez más cómoda y efectiva.