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Artículos  

La Isla de la Nereida
Autor: Óscar Tramontana Figallo
Ilustraciones: Pamela Paz Campodónico

Estaban cansados de huir y pernoctar en altamar cuando llegaron a la bellísima isla de coral perdida en medio de la Mar Océana. Hacía meses que no pisaban tierra, pues vivían escondiéndose de los galeones de los reyes católicos y emboscando fragatas españolas que pudieran llevar algún tesoro, por lo que se mantenían con las velas hinchadas de viento, buscando un lugar donde abastecerse de alimento y agua fresca.

Huyendo de una flotilla italiana, se alejaron de las rutas comerciales y entraron a un extraño mar que no figuraba en los mapas. Oyeron cantos de sirenas, cornamusas hechizando la quietud del mar nocturno y al tercer día, cuando el amanecer tiñó las ondas del mar con reflejos carmesíes, el joven vigía divisó la isla recortándose en el horizonte como un pequeño animalito blanco remojándose los pies en el agua. –¡Tierra! –gritó con toda la fuerza de sus pulmones, y se lanzó desde la barquilla del mástil al cordaje que descendía hasta cubierta para llevarle el catalejo a Almafuerte. El viejo pirata dirigió el lente a la distancia y se quedó contemplando la isla uno o dos minutos, mientras su loro hablador mordisqueaba el aro que pendía de su oreja izquierda. Ordenó al timonel girar seis grados a babor y la enorme embarcación, pesada y fatigosamente, enrumbó a la costa de ensueño.

Atracaron en una pequeña ensenada de arenas blancas en cuyas aguas transparentes se reflejaba la playa sembrada de palmeras. Soltaron el bote de desembarco y remaron hasta encallar en el banco de arena. Millares de cangrejitos rojos se refugiaron en sus pequeñas madrigueras subterráneas y una bandada de gaviotas, pelícanos y cormoranes alzó vuelo llenando el aire de agudos chillidos. A lo lejos, en medio de la isla, se levantaba la silueta enorme de un volcán extinguido por cuyas faldas descendía la vegetación exuberante que cubría la superficie entera de la isla.

Almafuerte bebió un largo trago de ron y le pasó la botella a su vigía, quien rechazó el ofrecimiento y llamó a los demás hombres para que ocultaran el bote en la maleza. Algunos reunieron leña para encender una hoguera y dos de ellos se internaron en el follaje llevando sus escopetas. Al atardecer, Almafuerte envió por un barril de ron al barco y los dos que habían salido a cazar regresaron con un pequeño jabalí y dos docenas de perdices que habían sorprendido al pie de una cascada con cuyas aguas llenaron sus sendas garrafas. Una vez terminado el festín, los piratas avivaron la hoguera y se lanzaron sobre la pipa de ron, cuyo contenido fue mermando a medida que los ánimos se encendían. El sol culminó su periplo a través del cielo límpido y se hundió vibrante y majestuoso en el horizonte, arrancando de las nubes destellos de un púrpura sangriento tras el cual refulgían las primeras estrellas. Se contaron historias de fantasmas y naufragios y se trazaron planes y emboscadas, hasta que la última gota de ron descendió por la garganta de Almafuerte y los demás se tendieron en la arena alrededor de la fogata, acunados por el suave murmurar de las olas.

Siendo el más joven de la tripulación, el vigía decidió quedar a cargo del fuego. Pasó la noche entera viendo extrañas constelaciones girando en la bóveda celeste, y al amanecer echó una mirada a sus compañeros que roncaban y resoplaban con estertores similares a los que salían de la caldera de la cocina del barco. Cuando escuchó el gorjeo del primer ruiseñor, se levantó lentamente y caminó hasta la orilla para lanzar sus anzuelos y tender sus redes. Detrás de la línea de las olas, más allá de la rompiente blancodeola, el barco se balanceaba al ritmo de la marea como un enorme pelícano dormido. Sintió sed y decidió buscar la cascada donde sus compañeros habían cazado las perdices. Se colgó la pistola en el cinto, cogió una de las garrafas vacías y se internó en la maleza. La isla se había poblado de graznidos que anunciaban la abundancia de aves y el vigía descubrió al loro de Almafuerte trepado en la copa de una palmera, picoteando entre los dátiles. Anduvo a tientas por un rato, hasta que descubrió la trocha abierta por sus compañeros y caminó entre la hojarasca, mirando a todas partes. Percibió a poca distancia un movimiento entre los arbustos y pensó que debía tratarse de alguna liebre o un jabalí. Se felicitó por haber avistado la isla antes que nadie, y se alegró de poder estar en tierra firme después de tantos meses. Sintió que sus jóvenes piernas se afianzaban al suelo, felices de caminar en una superficie que no fuera la tambaleante cubierta del barco o el estrecho espacio de su fétido camarote. Sin darse cuenta, empezó a tararear la canción de los corsarios mientras seguía la senda que se internaba en la frondosidad del bosque. De pronto, llegó a sus oídos el delicioso rumor de la cascada. ¿Hacía cuanto tiempo no se daba un baño decente? Estiró las piernas y dando de zancadas atravesó la floresta rumbo al claro de donde provenían las notas musicales que producía el agua vertiéndose sobre sí misma desde la cumbre de la cascada. Cuando llegó al límite de la espesura, se detuvo en seco, sobrecogido por la belleza del claro manantial de diáfanas aguas que recibía en su lecho el chorro que caía desde un pequeño promontorio. Ese paisaje, por primera vez hollado por el pie humano, guardaba toda la frescura de una naturaleza fértil, pródiga en maravillosos contrastes. Se despojó de sus harapos y se lanzó al agua sin pensarlo dos veces, sintiendo que cada poro de su piel se abría para chupar el jugo de vida que manaba del manantial. Jugueteó como un niño que se sabe solo, lejos de la mirada de sus compañeros, y cantó en voz alta la canción de los corsarios. El musgo adherido a las rocas abarcaba todos los colores imaginables que van de la gama del rojo al verde, formando un tapiz agradable a la vista y al tacto. Se sumergió en las aguas y buceó hasta el fondo con los ojos abiertos. Vio peces de colores y pequeños crustáceos de formas caprichosas enredados en frágiles algas de agua dulce que danzaban al compás del chorro proveniente de la cascada. Al carecer de sal, el agua no escocía sus ojos, y el joven vigía se deleitó buceando un buen rato, admirando ese mágico jardín acuático que le hacía recordar viejas leyendas de ninfas, náyades y nereidas.

Salió del agua y se quedó desnudo, secándose al sol sobre una roca, junto a una pequeña lagartija anaranjada que le hacía compañía. Mientras nadaba, había notado que varias liebres, ciervos y jabalíes se habían acercado a abrevar. Primero lo hicieron tímidamente, esperando alguna agresión por parte del extraño, pero luego, cuando se acostumbraron a su presencia, empezaron a acercarse sin temor. Mientras el sol evaporaba las últimas gotas que resbalaban por su piel bronceada, decenas de animalitos se habían asentado en las orillas, pastando y jugueteando entre los setos y arbustos que crecían al pie de los frondosos árboles que rodeaban el manantial. Estiró la mano y cogió una jugosa fruta que pendía de una rama cercana. Mordió la delicada pulpa con avidez, al tiempo que dos ardillas se le acercaban para olisquear e incluso lamer su piel. Miró su reflejo en el agua: apenas tenía diecisiete años y una profusa barba se dibujaba ya en su rostro; sus brazos, torneados por la dura vida de mar, enmarcaban un torso atlético, en cuya cima reinaba una cabeza ataviada con una larga y ruda cabellera. Sus compañeros nunca llevaban espejos a bordo porque creían que estos traían mala suerte, y el vigía se miraba casi sin reconocerse, sintiéndose tan silvestre y natural como las criaturas que alegremente pacían a su alrededor. El graznido de una cacatúa acompañó el canto de unos pájaros lejanos, creando una música cadenciosa que lo indujo al sueño. Bajó de la roca y se tendió cuan largo era sobre la hierba que crecía a orillas del manantial, junto a un cervatillo de ojos café que lamía la superficie del agua mientras dos mariposas –una azul y otra amarilla– revoloteaban alrededor de su incipiente cornamenta. Entrecerró los ojos, aspiró la fragancia de la madreselva y, arrullado por el rumor de la cascada, se quedó dormido.

***

–¡Almafuerte, despierta, mira allá a lo lejos! –exclamó Arpón sacudiendo las solapas de su patrón.

A pesar de su pata de palo, el viejo pirata se puso en pie de un salto, soltó una maldición y enfocó con el catalejo la costa oeste, hacia donde apuntaba el dedo de Arpón. Con su único ojo sano, vio el galeón español acercándose amenazadoramente a la isla. Sus hombres sacaron el bote de la maleza y lo empujaron hacia la orilla. Remando como almas que llevan el diablo, Almafuerte y sus secuaces dejaron atrás la isla para ganar el barco, desplegar velas y huir. Viraron hacia el este buscando un viento favorable y las velas se inflaron mientras Arpón y dos corsarios más levaban el ancla sudando y resoplando. En la lejanía, tronó un disparo de cañón. El estruendo sobrevoló el barco y la bala hendió el agua salvajemente, salpicando el rostro de todos. Almafuerte empuñó el timón y los piratas ganaron mar abierto para perderse en la inmensidad del horizonte, seguidos implacablemente por el galeón español. Atrás, desde la copa de la inmensa palmera, el loro de Almafuerte contemplaba la escena cantando la canción de los corsarios.

***

Había estado soñando que una etérea mujer le acariciaba los cabellos entonando una dulce canción de cuna cuando el violento trepidar del cañonazo lo expulsó del dulce sueño en que se encontraba sumido. Durante uno o dos segundos, mientras terminaba de despertar, el joven vigía pensó que se hallaba en una batalla y se llevó la mano al cinto para empuñar su pistola y encontró que estaba desnudo. Los animales del bosque habían huido despavoridos y en la soledad del manantial buscó sus ropas para vestirse en el acto. Corrió hacia la orilla rasguñándose la piel contra los matorrales y tropezando con las raíces de los árboles. Llegó a la playa a tiempo para ver en lontananza el barco de Almafuerte escapando del galeón español y gritó desaforadamente, como si sus compañeros pudieran escucharlo. Cayó de rodillas en la arena y se desgarró la camisa vertiendo un llanto desconsolador. Desde la palmera, llegó la carcajada del loro. Lo habían dejado, estaba completamente solo.

–Bienvenido a mi isla– susurró una voz a sus espaldas.

El vigía giró la cabeza lentamente, y se encontró con la mirada tierna y candorosa de una muchacha de catorce o quince años. Llevaba sobre la cabeza una corona de flores silvestres y sus cabellos descendían creando sobre sus delicados hombros suaves ondulaciones refulgentes. Alrededor del cuello, un collar de diminutos caracoles bailoteaba produciendo un tintineo musical.

–Bienvenido a mi isla– repitió.

El vigía se frotó los ojos como tratando de borrar la imagen de un sueño inconcebible y volvió a encontrarse con la mirada de la joven que, ahora, le tendía la mano y lo ayudaba a incorporarse.

–¿Tienes hambre?– preguntó la joven, ofreciéndole una extraña fruta.

–No, gracias. ¿Quién eres? ¿Qué haces sola aquí?

–Esta es mi isla.

–¿Cómo puede ser eso? ¿Acaso vives sola aquí?

–Sí. Tú eres el primer mortal que veo desde que mi padre me trajo aquí.

–¿El primer mortal?

–Sí. Eres lindo, ¿sabes?– dijo la joven mientras extendía la mano hacia la floresta. Emitió una especie de silbido y un pequeño unicornio se acercó cautelosamente a la playa.– ¿Te gustan los caballos?

El vigía había escuchado historias de unicornios en el barco, pero la presencia de la joven en la isla desierta le parecía más sobrenatural que la visión del unicornio que, ahora, olisqueaba sus ropas y sacudía suavemente sus cascos sobre la arena.

–¿Desde cuándo estás aquí?

–Desde siempre. Mi padre me regaló esta isla cuando era una niña, y cada cien años viene a verme, montado sobre Pegaso.

–¿Pegaso?

–Sí, un caballo con alas, pero no tan bonito como el mío. ¿Son tuyas esas redes? ¿Para qué sirven?

El vigía quedó sorprendido por la pregunta y caminó hasta la playa para sacar sus redes. La joven observaba su faena con total naturalidad. Atrapados entre los tejidos, algunos hipocampos cambiaban de color agitando desesperadamente sus frágiles colas.

–No los saques del agua, ¿no sabes que a esos caballitos les gusta estar siempre en el mar?

El vigía liberó cuidadosamente a los hipocampos y dejó las redes sobre la arena. Sintió un hambre espantosa y aceptó la extraña fruta de la joven. Nunca, en toda su vida, había saboreado una fruta más deliciosa. Cuando hubo terminado de comer, le preguntó a la joven:

–¿Tienes más?

–Claro que sí, sígueme–, contestó la joven, subiendo sobre el unicornio e internándose en la floresta. El vigía miró a su alrededor y se preguntó una vez más si no estaría soñando. Finalmente, siguió los pasos del unicornio. La extraña fruta empezó a surtir un suave efecto narcótico, de manera que al vigía no le extrañó ver cómo las ramas de los arbustos y los árboles se abrían dócilmente para dejar paso a la joven. Caminaron hasta llegar a la cascada, cuyas aguas caían sobre el manantial formando una cortina que ocultaba una gruta. La joven desmontó y caminó entre las rocas. Desde allí, le tendió la mano al vigía, y ambos cruzaron el velo de agua para ingresar al más deleitoso jardín que pueda imaginarse.

–Bienvenido a mi gruta– dijo la joven, mientras desprendía una fruta de un extraño árbol color azul y se la ofrecía al joven.

El musgo que el vigía había visto anteriormente alrededor del manantial cubría las paredes y el suelo de la gruta, emitiendo una cálida luz fosforescente que lo iluminaba todo. En las paredes, había dibujos de dioses griegos, a quienes el vigía reconoció por los grabados de un libro que habían robado de una galera italiana.

–Este es mi padre–, dijo la joven, señalando la imagen de Zeus.

–¡Por Júpiter!– exclamó el vigía.

–Así le dicen los romanos, pero su verdadero nombre es Zeus. Esta que está aquí Dóride, la madre de todas las nereidas.

–¿Y tú, eres una nereida?

–¿Acaso no se nota? ¿Qué crees que hago sola en esa isla? Yo soy la nereida de esta isla. Esta es mi isla.

–¿Y es verdad que las nereidas son inmortales? –preguntó el vigía.

–Desgraciadamente, sí –respondió la nereida.

–¿Por qué desgraciadamente? A mí me gustaría ser inmortal.

–No sabes lo que dices.

El vigía se paseó admirando los retratos de la gruta, mientras la nereida le señalaba sus nombres.

–Esta es mi hermana Tetis, la madre de Aquiles; y ésta se llama Anfitrite, la esposa de Poseidón; y ésta última es Galatea, la amante del cíclope Polifemo.

–Y tú, ¿cómo te llamas?– preguntó el joven vigía

–Yo me llamo Belladonna, ¿y tú?

–Mi nombre es Gavilán.

***

Desde la primera noche que pasaron juntos, Belladonna y Gavilán se amaron desesperadamente. Ella nunca había estado con un hombre –mortal o inmortal– y no se asustó en lo más mínimo cuando Gavilán empezó a acariciarla. Al contrario, sus miradas le gustaron desde el principio, pues le ayudaron a tomar conciencia de su propia femineidad. Hasta ese encuentro, Belladonna había sido feliz con la compañía de sus unicornios y sus salamandras, pero en Gavilán encontró el cuerpo cálido contra el cual acurrucarse en las noches de tormenta; el oído comprensivo que escuchaba todas sus historias; la voz amiga que la acompañaba en todo instante y, por último, la persona a la cual dedicar su inmenso amor y con la cual compartir la belleza arrebatadora de su isla.

Gavilán era un joven inexperto cuando llegó a la isla de Belladonna, y salvo una aventura adolescente en los muelles del Callao, nunca había experimentado el verdadero amor. Con Belladonna, en cambio, sentía que era el hombre más feliz de los siete mares. Nunca había imaginado que una belleza semejante pudiera habitar sobre la tierra, a menos que se tratase de una diosa. Y Belladonna, en efecto, era una diosa, una hermosa nereida que le enseñó los secretos de su isla y le contó las historias más fascinantes que se pueda imaginar. Juntos, habitaban la isla cuidando a los animalitos, las plantas, los maravillosos insectos y los primorosos peces del mar. Juntos, echados boca arriba en la playa de las palmeras, contemplaban el paso de las constelaciones y Belladonna le decía, “ésa es la lira de Orfeo; ésa es la cabeza de Medusa; ésos son Cástor y Pólux y ése es el gigante Orión”. Gavilán veía las estrellas de otra forma y le enseñaba a Belladonna los secretos de la navegación: “ésa es la Cruz del Sur; ése es el yelmo de Mambrino y ésas de allá son las Tres Marías”

–¿María? –Preguntó Belladona irguiéndose violentamente– ¿Quién es María?

–Olvídalo– respondíó Gavilán–, es una historia que no te va a gustar.

–¿No será otra nereida? –se acurrucó Belladona, dándole la espalda.

Y Gavilán tuvo que acceder. Le contó que hacía 1700 años, en Belén, María había dado a luz al hijo de Dios.

–¿El hijo de qué dios?– preguntó Belladonna–. No me extrañaría que fuera hijo de Zeus, y entonces sería mi hermanito.

Y Gavilán le dijo que sí, que Jesucristo era su hermanito. Pero la cosa empeoró cuando Gavilán intentó contarle a Belladonna la historia del Rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda, porque la nereida no entendía el motivo de las Cruzadas.

–¿Quieres decir que lo abandonaron todo y viajaron a Jerusalén para recuperar el cáliz donde mi hermano transformó el vino en sangre, y que por ese vasito hubo una guerra de quinientos años? Perdóname, Gavilán, yo sé que tú eres diferente, pero es claro que los mortales están locos. Está bien que se haga la guerra si le roban a uno la esposa, como pasó en Troya cuando Paris raptó a Helena, pero, ¿hacer la guerra por un caliz? Por favor.

Y Gavilán reía para sí, acariciaba a la nereida y le hacía el amor allí, en la playa, bajo la luz plateada de la luna. Una mañana, Belladonna se acercó a Gavilán y le dijo:

–Tengo mareos, me siento un poco mal.

Poco después, nació Palmerín.

La alegría de Belladonna hizo que la vegetación floreciera voluptuosamente, que los animalitos se multiplicaran y que la belleza de la isla se volviera esplendorosa como el sueño de un dios. Palmerín jugaba con el unicornio y con un armadillo al que llamaban Girasol. El niño creció y se hizo robusto como buen nieto de Zeus, y a los once años era capaz de alzar en peso a Gavilán, quien reía sin parar ante la mirada celestial de Belladonna. Aunque los poderes de Palmerín eran limitados, podía volar sobre espacios relativamente cortos, adivinaba el pensamiento de sus padres y poseía la habilidad de curar a los animales que se lastimaban con sólo acariciarlos.

Un día, mientras padre e hijo jugaban con Girasol y el unicornio en la playa de las palmeras, Gavilán divisó a lo lejos el velamen del barco de Almafuerte. Un rayo que estallara a sus pies no podría haberle causado una impresión más fulminante. Durante uno o dos minutos, imaginó lo que sería su isla si los piratas –y el hombre en general– trajeran consigo sus enfermedades, sus infamias, su maldad. Palmerín puso la mano sobre el hombro de su padre y, dirigiéndole una mirada tranquilizante, empezó a soplar en dirección al barco. Las velas se inflaron con el violento huracán que recibían desde la playa, y a los pocos minutos, Gavilán vio el barco desaparecer.

Desde ese día, Gavilán cambió. El temor que le producía la posibilidad de perder la paz y tranquilidad que reinaban en la isla de la nereida lo volvió desconfiado. Se pasaba el día entero vigilando en la playa de las palmeras, y ni las caricias de Belladonna ni las travesuras de Palmerín lo alejaban de su obsesionante temor. Un día, caminando por la orilla, Gavilán pisó un erizo venenoso cuyas púas le desgarraron la planta del pie izquierdo. Sintió un dolor punzante y, presa de una fiebre abrasadora, se arrastró hasta la gruta donde estaban Belladonna y Palmerín. La nereida corrió a sostenerlo antes que se desplomara Palmerín pasó sus manos desesperadamente sobre el cuerpo de su padre. Pero todo fue en vano, las Parcas habían cortado el hilo de la vida de Gavilán quien, al llegar la tarde, miró a Belladonna tiernamente y le dijo:

–Hasta siempre, Belladonna.

Y murió.

***

La tristeza de Belladonna produjo en la isla efectos completamente opuestos a los que había producido su alegría cuando nació Palmerín. El agua de la cascada se empezó a secar; las plantas, lánguidas y extenuadas, empezaron a doblarse bajo su propio peso y los animalitos, a falta de comida, empezaron a morir. Diez años después –tiempo inmenso para un humano pero efímero para un inmortal–, la isla se había convertido en un páramo desértico. Belladonna y Palmerín mantenían un único espacio fértil en la playa de las palmeras, allí donde estaba enterrado el cuerpo de Gavilán.

Una tarde, en que la nostalgia y el hambre habían rendido de sueño a madre e hijo ante la tumba florida, Belladonna fue despertada por un relincho que llegó desde el cielo. Había olvidado por completo que cada cien años recibía la visita de su padre. Montado sobre Pegaso, Zeus sobrevoló la isla coralina sin creer lo que sus ojos veían, y descendió al pie de la nereida como una pluma que el viento posa sobre la superficie del agua calma de un arroyo.

–Padre mío–, dijo Belladonna señalando a Palmerín–, te presento a tu nieto.

–Es un niño muy hermoso, Belladonna, pero ¿qué ha pasado con tu isla?

Belladonna no pudo reprimir una lágrima que, rodando como una perla líquida por su mejilla, cayó sobre los asfódelos que cubrían la tumba de Gavilán, y quedó sumida en el más pesaroso de los silencios. Al ver la escena, Palmerín llamó a su abuelo, puso una mano sobre el corazón de su madre y otra sobre los ojos de Zeus quien, en pocos instantes, lo vio todo: la llegada de Gavilán, el encuentro con Belladonna, el nacimiento de Palmerín, la aparición del barco de Almafuerte y la muerte del hombre con cuyo amor la isla se había vuelto un paraíso para luego, con su desaparición, convertirse en una roca pelada perdida en la inmensidad del mar. El padre de todos los dioses lo comprendió todo y, esbozando un gesto de comprensión, le dijo a Belladona:

–Hija mía, obré mal al dejarte completamente sola en esta isla, sin el cariño de un compañero que atendiera tus necesidades. Yo comprendo perfectamente el amor que un dios puede sentir por los mortales quienes, a pesar de todas sus imperfecciones, poseen el secreto de la felicidad. Ve a tu gruta y bebe un poco de estas aguas, las he recogido del Leteo hace dos lunas, cuando bajé al Inframundo para visitar a Tiresias. Mañana te espero en este mismo lugar.

Ni bien dijo esto, Zeus se transformó en una leve lluvia que cayó sobre los asfódelos de la tumba de Gavilán para luego, filtrándose por entre la tierra sedienta, desaparecer. Pegaso voló a la cima del volcán. Belladonna tomó la mano de su hijo y lo condujo a su gruta, donde ambos bebieron las aguas del río del olvido para caer sumidos en el más profundo de los sueños.

***

A la mañana siguiente, Palmerín despertó a Belladonna. La nereida recordó la cita con su padre y, temiendo su cólera infinita, apresuró sus pasos para llegar a tiempo a la cita. La playa de las palmeras estaba desierta, y aunque Belladonna y Palmerín llamaron a Zeus con todas sus fuerzas, nadie apareció. Palmerín caminaba por el extremo norte de la playa cuando llamó a gritos a su madre. La nereida llegó corriendo y su puso de rodillas junto a su hijo, que miraba una pequeña criatura que se sacudía sobre la arena húmeda.

–Es un caballito de mar– dijo Belladonna– hay que ponerlo en el agua para que no se muera.

El niño levantó al pequeño hipocampo en la palma de su mano y lo colocó delicadamente sobre el lomo de una ola gorda y remolona. Al sentir el contacto con el líquido elemento, el caballito de mar recuperó sus colores y se deslizó por entre las algas rumbo a la inmensidad subacuática, rumbo a su hogar.

El niño alcanzó a su madre en la orilla y ambos caminaron pesada y tristemente hacia la gruta cuando un extraño sonido llamó su atención. En el mismo lugar en que Palmerín había depositado al hipocampo, un sonoro burbujear, un hervor de vida, un remolino en formación, sacudía las aguas. Madre e hijo se quedaron observando el extraño fenómeno hasta que este, súbitamente, se detuvo. El tiempo pareció detenerse en ese instante, el viento dejó de soplar, el mar perdió su movilidad y entonces, emergiendo de las aguas, apareció Gavilán.

Belladonna corrió a abrazarlo y a llenar de besos su rostro húmedo y fresco, mientras Palmerín veía cómo, a su alrededor, todo cobraba vida: el sol asomaba detrás de una nube, las palmeras se erguían desde el suelo, la floresta brotaba de la tierra seca, los pájaros surgían de las ramas de los árboles y los animalitos reaparecían como si nunca hubieran muerto y salieran de los lugares donde estaban escondidos. Una suave música de caracolas inundó el aire y Palmerín, seguido por Girasol y el unicornio, se unió al abrazo de sus padres mientras, desde el cielo, Zeus, montado sobre Pegaso, contemplaba su obra, el milagro de la vida vuelta a renacer. Luego, la isla entera se alzó en el cielo, y siguió la ruta de Zeus, quien la colocó en medio de las constelaciones, justo entre la lira de Orfeo y el yelmo de Mambrino, para que los pobres mortales recordaran por siempre la historia de Belladonna, Gavilán y Palmerín.

 

 

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