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El Caballito de Totora: La primera embarcación unipersonal para surcar olas del mundo

Los "caballitos" van cortando el agua. Avanzan con sus líneas de esquife en un impulso fácil y un ritmo de gracia y de belleza. El mar sigue movido, de lejos vienen olas fuertes, que se rompen y hacen que el agua salte y luzca con el golpe del Sol. Es hermoso contemplarlos correr sobre las olas y la espuma con la alegría de una fiesta pagana. Al verlos en la cresta de las olas, recuerdo esos otros muchachos de Hawaii, que corren también, sobre sus tablas de madera. Sobre los "caballitos" acrobáticos con sus pañuelos blancos y sus torsos desnudos, que el brillo del Sol hace de fuego, parecen los jóvenes jinetes unos dioses del mar.

Aurelio Miró Quesada Sosa
Costa, Sierra y Montaña
1969

La primera impresión que produce el paisaje de la costa peruana es la de una desolada extensión de desierto apenas interrumpida por algunos puñados de ríos que, en forma de torrentes, descienden de las altas serranías formando igual número de valles. Los antiguos pobladores de la costa peruana, a lo largo de los siglos, crearon ingeniosos sistemas hidráulicos que les permitieron transformar el cauce de aquellos ríos en fértiles valles propicios para la agricultura. Sin embargo, la ausencia casi absoluta de lluvias hacía que las labores agrícolas demandaran enormes esfuerzos que, en muchos casos, no se veían recompensados en una justa medida.

Frente a la aridez característica de esta tierra, que necesitaba de abundantes esfuerzos humanos para conseguir cultivos aceptables, el mar se presentó desde un principio como una fuente inagotable de riquezas, un medio de subsistencia que pronto atrajo la atención de los antiguos habitantes de los llanos, determinando su estilo de vida. Estas sociedades fueron las primeras en estar activamente relacionadas con zonas de mareas poderosas a través de actividades como la pesca, el comercio marítimo y los rituales.

A lo largo de nuestra costa, una generosa corriente de aguas frías baña las orillas trayendo consigo una increíble variedad de peces y frutos de mar capaces de satisfacer las necesidades alimenticias de naciones enteras. Y por si esto fuera poco, en la zona norte, otra corriente de aguas cálidas permite la existencia de otra variedad de especies marinas que hace del mar peruano uno de los más ricos y abundantes del mundo.

Tal es como se presenta el litoral peruano en nuestros días pero, si tomamos en cuenta que a la llegada de los españoles el dominio del imperio incaico se extendía desde Quito (en el actual Ecuador) hasta Tucumán (en la República Argentina), podemos darnos una idea de la inmensa extensión de playas sobre la cual se desplegaba la actividad pesquera de los antiguos peruanos.

Pero vayamos por partes. En este capítulo nos proponemos retroceder miles de años en el tiempo y, para lograr un viaje de semejantes magnitudes, es necesario que nos ordenemos, afilemos los sentidos y pongamos en juego toda la fuerza de nuestra imaginación.

La costa peruana, territorio olvidado

Al revisar los documentos de los cronistas españoles, resulta extraño encontrar tan pocas referencias a los habitantes de la costa, a sus formas de vida, costumbres, mitos y leyendas, en comparación a las abundantes referencias a la vida de los pobladores andinos. Según la doctora María Rostworowski, esto se debe a que "al momento de la invasión española, el mundo andino atravesaba una de sus épocas de predominio serrano sobre los yungas". En efecto, los cronistas españoles debieron quedar fascinados por la imponente majestuosidad de la Cordillera de los Andes, impresionados ante los fabulosos tesoros reunidos en Cajamarca para el rescate del Inca Atahualpa, y literalmente alucinados ante la magnificencia de una ciudad como el Cusco, capital de un Imperio Incaico asentado básicamente en las serranías.

Sin embargo, el contexto histórico y político que entonces vivía el Perú, tal y como lo conocieron los españoles allá en el siglo XVI, era el resultado del apogeo de la cultura incaica, lo cual no impidió que con anterioridad se desarrollaran en las costas peruanas culturas tan magníficas y esplendorosas como Paracas, Nazca, Mochica y Chimú, por citar sólo algunas de las más importantes.

La historia de los habitantes de la costa peruana se encuentra, por este motivo, tan desolada como los desiertos que atraviesan de lado a lado su territorio. Sin embargo, en precisamente en estos desiertos donde los arqueólogos han descubierto los elementos de juicio necesarios para reconstruir el pasado de los antiguos pobladores yungas, tan fascinante o quizá más fascinante que la historia del Tahuantinsuyu, ya que se desarrollaron en tiempos mucho más remotos y, por lo tanto, se vieron con la necesidad de enfrentar mayores dificultades para salir adelante en situaciones de vida tan adversas.

El mar, un milagro de vida

Dirijamos la mirada nuevamente hacia la costa y haciendo un esfuerzo de imaginación, viajemos al pasado hasta visualizar a los primitivos pescadores y mercaderes costeños que se desviven tratando de sobrevivir en armonía con la naturaleza.

El paisaje es menos desolador que el que se presenta actualmente ante nuestros ojos. Todavía no han llegado los españoles y mucho menos la explotación industrial que eliminaría a tantas especies marinas como terrestres. Todavía se respira el alegre trajinar de los pobladores yungas que, provistos de anzuelos, arpones, redes, trampas para cangrejos y primitivas embarcaciones, se acercan tímidamente a las orillas del mar en busca de alimento. Aún pueden distinguirse enormes lagunas de agua dulce donde se practica la pesca y se cultiva la totora; tupidos bosques de algarrobos y huarangos que abastecen de madera y leña a los yungas; arboledas frutales y montes plagados de arbustos que visten de verde el paisaje de una costa diez veces más fértil que el desierto que es en la actualidad.

Durante años, sin embargo, la pesca había estado limitada a las lagunas que proliferaban a lo largo de la costa, formadas por esporádicas inundaciones originadas por el desborde los ríos o por accidentes climáticos similares al Fenómeno del Niño. Pero los habitantes de los llanos, seres ingeniosos por naturaleza, pronto aprendieron a pescar desde la orilla de dichas lagunas mediante cordeles coronados con finos anzuelos de hueso. La pesca que obtenían era seguramente sabrosa y nutritiva, pero desde todo punto de vista raquítica o insignificante en comparación con la pesca que podían obtener del mar si descubrían un medio de domar su naturaleza tempestuosa.

El nacimiento de una idea

A fuerza de contemplar diariamente la majestuosa y subyugante presencia del mar, algunos pescadores creyeron que era posible internarse detrás de la línea de las olas, allí donde veían diariamente saltar inalcanzables peces de finas formas, sugestivos colores y generosas dimensiones, que podrían alimentar a familias enteras. Si las pequeñas cochas o lagunas ofrecían tan variada riqueza de especies ictiológicas, ¿qué no podría ofrecer el anchuroso, imponente e ilimitado mar? Es seguro que durante interminables días los antiguos pobladores costeños se sentaron a lo largo de la playa a contemplar las seductoras puestas de sol pensando en esa vasta extensión de mar preñada de misterio y de vida.

Tarde o temprano, la idea de encontrar una forma de ingresar al mar iría adueñándose de sus voluntades, a medida que sus sueños se plagaban de exóticas escenas de abundante y magnífica pesca.

Los peces estaban allí, podían verlos deslizándose entre las olas transparentes; podían presentirlos en el festivo vuelo de las gaviotas y pelícanos que, en bandadas, se zambullían en el mar para lograr una pesca deliciosa que para los pobladores yungas, hasta entonces, era inalcanzable.

Poco a poco, el deseo de atrapar esos peces iría cobrando mayor urgencia, poniendo en funcionamiento sus inquietos, primitivos pero ingeniosos cerebros. Los anzuelos arrojados desde la orilla les facilitarían la hazaña de atrapar algunos ejemplares, pero la presencia de peces mayores siempre estaría sugerida por el inquieto festín de las aves marinas detrás de la línea de las olas. Por último, la obsesión por atrapar esos peces se adueñaría de sus voluntades, forzándolos a poner en funcionamiento toda su creatividad.

La conquista de las rompientes

Que los peces estaban allí, nadie podía dudarlo. Los yungas deseaban atrapar esos peces para alimentar a sus familiares y la única manera de atraparlos consistía ir por ellos, venciendo la muralla natural formada por las olas. Urgidos por el crujir de sus tripas, los yungas abandonarían sus ensoñaciones para regresar a las lagunas en busca de la pesca cotidiana, aquellos pobres pececillos que se escondían entre los juncos de totora. Y fue probablemente allí, a la orilla de alguna de estas innumerables lagunas, donde un pescador anónimo concibió la idea de utilizar los frágiles carrizos de enea o totora para fabricar su primera embarcación. Si el objetivo era llegar hasta la línea de las olas, era preciso utilizar una superficie flotante, capaz de sostener el peso del pescador y sus primitivos aparejos.

Muchos debieron ser los modelos primitivos que antecedieron a la aparición del tup o caballito de totora. Muchos ensayos de catastróficos resultados debieron sumir a los inquietos inventores en amargas decepciones de las que tuvieron que sobreponerse. Pero la naturaleza de estos hombres, tan fértil e imaginativa, logró salir adelante, y un buen día, uniendo dos haces de totora con un resistente cordel de fibra vegetal, dio forma al instrumento de navegación que terminaría revolucionando para siempre sus vidas.

Las primeras balsas de totora

Para efectos de nuestro relato, queremos aferrarnos a ese mágico momento en que nuestro anónimo pescador yunga se atrevió, por primera vez, a hacerse a la mar a bordo de su primitivo tup. Las olas reventarían contra la orilla exactamente como lo hacen ahora, rechazando la presencia del intruso pescador. La balsa de totora, frágil pero segura, se posaría sobre la superficie recibiendo el peso del hombre, quien agita las manos en un intento desesperado por alcanzar la reventazón. Luego de agotadores esfuerzos, el pescador logra alejarse de la orilla estruendosa y arroja sus redes y sus anzuelos. Horas más tarde, luego de balancearse al ritmo hipnótico y delicioso de los tumbos de las olas, nuestro héroe ve coronados sus esfuerzos con una abundante cantidad de pescados que ahora debe transportar a la orilla.

Su principal problema residirá ahora, precisamente, en llegar sano y salvo a la orilla, evitando el furor de las olas que azotan la costa sin clemencia. Víctima de la inexperiencia, nuestro anónimo pescador probablemente perderá sus presas por el azote repentino de una ola que cae sobre él, volcando la frágil embarcación y esparciendo los pescados en el remolino blanco de una ola que se los traga de un bocado.

Luego llegará a la orilla como un naufrago escupido por el mar y se pondrá a pensar que necesita dominar el oleaje para coronar con éxito sus audaces incursiones pesqueras. Contemplará las olas con aire respetuoso, estudiará sus formas, sus evoluciones y movimientos, y luego reconocerá en ellas su principal obstáculo para lograr una pesca mejor. Regresará a la laguna donde los juncos de totora crecen silvestremente y ensayará la construcción de un nuevo tipo de embarcación. Intentará el experimento decenas, cientos, miles de veces hasta encontrar la fórmula perfecta, y casi sin notarlo, habrá construido el primer caballito de totora, coronado con una firme y orgullosa proa o esquife que le permitirá resistir el embate de las olas.

Gracias a este nuevo invento, quizá el más extraordinario de los inventos concebidos por los antiguos yungas, la riqueza incalculable del mar peruano alimentó a los pobladores de nuestra costa, quienes vencieron el oleaje e ingresaron en el corazón del territorio marino, allí donde se manifiesta toda su riqueza biológica.

Detrás de las olas, a modo de recompensa alimenticia, relucían las escamas de las cabinzas, cojinovas y berrugatas que nadaban junto a innumerables lenguados de carne blanca, cabrillas, robalos y corvinas. Cuando el pescador venció la muralla natural formada por los arrecifes y las olas, se vio premiado con una jugosa pesca de anchovetas, bonitos, sardinas y pejerreyes, sin contar otras especies deliciosas como los meros, tollos, chitas, congrios, marotillos, lisas, pericos, atunes, e innumerables variedades marinas que, gracias a la balsilla de totora, fueron llevadas a la rudimentaria mesa de los antiguos habitantes de los llanos.

La ceremonia de iniciación

Gracias al desarrollo y evolución de las primitivas balsillas de totora, el pescador yunga terminaría perfeccionando esta frágil embarcación cuya excelente e ingenioso diseño sobreviviría hasta nuestros días sin mayores modificaciones, puesto que el tup o caballito de totora (como posteriormente lo llamaron los españoles) es inigualable para la pesca artesanal.

Pronto el invento lograría una difusión tal que, seguramente, se le vería cabalgando sobre las olas a lo largo de toda nuestra costa.

Ahora bien, manejar un caballito de totora requería poseer no sólo de un conjunto de habilidades propias a todos los pescadores, sino también poseer la madurez y valentía suficientes para hacer frente a los peligros de nuestro mar, uno de los más agitados, traicioneros y peligrosos del planeta.

Ciertos objetos de cerámica hallados en las cercanías de Chan Chan, representan el uso de estas balsas para la ejecución de rituales de virilidad. Antes de ser considerado por el resto de los aldeanos como un verdadero pescador, el joven aspirante debía cazar un jaguar de los Andes y cercenarle la cabeza a modo de trofeo (Antonio Raimondi: Notas de viaje, 1942). ¿Se imaginan semejante rito de iniciación? Allí tenemos a nuestro joven aspirante, internándose en las estribaciones de las montañas en pos de uno de los felinos más astutos, ágiles y letales del continente con el fin de matarlo y cortarle la cabeza como trofeo que pruebe que posee el valor necesario para el siguiente reto.

¿Y en qué consistía el siguiente reto?

El siguiente reto consistía, nada más y nada menos, en enfrentarse al furibundo oleaje que azotaba las orillas para acceder a la zona de pesca. ¿Pueden darse una idea de lo peligrosa que podía resultar una faena pesquera si el hecho de matar un jaguar era un sencillo rito de iniciación?

No satisfecho con haber matado al jaguar, nuestro joven aspirante a pescador clavaba la cabeza de su presa en la punta de su tup, de modo que la fiereza innata del animal le confiriera la valentía suficiente para enfrentarse al ejército de olas dispuesto a volcar su frágil embarcación y sepultarlo en las profundidades insondables del océano, el cementerio marino de tantos pescadores anónimos.

El período de entrenamiento

Luego, venía el período de entrenamiento gracias al cual el pescador se familiarizaba con las olas para poder vencerlas, sortear sus amenazas y llagar sano y salvo a la orilla con el producto de su pesca intacto.

Todo parece indicar que fue precisamente en esta parte del proceso cuando los antiguos peruanos empezaron a correr olas por placer. Piénsenlo. Allí tenemos a nuestro joven pescador, entrando y saliendo del mar durante un verano entero con el único propósito de familiarizarse con las faenas pesqueras. Lo primero que debía aprender era enfrentar a las olas para acceder hasta la zona de pesca, usualmente ubicada muy por detrás de las reventazones. Y luego, y aquí viene lo lindo, debía aprender a sortear el oleaje de modo que, al salir rumbo a la orilla, éste no volcara la frágil embarcación ocasionando la pérdida de la pesca en la mayoría de los casos, y la pérdida de la vida en otro tanto.

Aquí, los antiguos pescadores costeños utilizaron, casi sin quererlo, uno de los pensamientos filosóficos más antiguos y eficaces de la humanidad: "si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él". Reflexionemos: si el principal enemigo de un pescador que quería llegar a salvo a la orilla eran las olas, ¿por qué no utilizar la misma fuerza de las olas para lograrlo? En esta idea, sin duda alguna, tuvo su origen y nacimiento la cinco veces milenaria práctica de surcar olas. Y, por si todavía no se han dado cuenta de lo orgullosos que deben sentirse al leer estas líneas, déjennos recordarles que todos estos sucesos se dieron en nuestro territorio, en las playas de la costa norte peruana.

El placer de surcar olas

Toda persona que ha disfrutado alguna vez la sensación incomparable de deslizarse sobre una ola sabe que es una de las sensaciones más agradables, divertidas y placenteras que se puede experimentar. ¿Se imaginan ahora a nuestro joven pescador durante su verano de entrenamiento? Día tras día, rema contra la marea y contra las olas para alcanzar la reventazón y una vez que ha llegado hasta allí, practica el acto de regresar a la orilla aprovechando la fuerza motriz de una ola. ¿Creen ustedes que, por ejemplo, este joven pescador, luego de haber vencido a las infinitas series de olas de una playa como Huanchaco, no experimenta un placer indescriptible cuando, finalmente, apunta la proa de su caballlito hacia la orilla y se deja llevar por una ola a velocidades inauditas para un ser terrestre? ¿Se imaginan su cara de felicidad, la destreza con que guía el curso vertiginoso de su embarcación, la sensación de orgullo y virilidad que lo embarga al comprobar que cada vez es más hábil en esta fase de su aprendizaje? Porque deslizarse sobre las olas fue una de las partes más importantes en el aprendizaje de todo pescador, ya que del completo conocimiento de las olas dependía en buena parte el éxito de la jornada pesquera.

Ahora bien, una vez que el joven pescador había probado las delicias del acto de surcar olas, ¿no creen que alguna vez se le ocurrió la idea de entrar al mar por el puro y simple placer de cogerse algunas buenas olas? De hecho, al igual que sucedía en Hawaii y en los actuales Festivales del Mar de Chan Chan, es indudable que los más diestros pescadores se sintieran orgullosos de su habilidad de surcar olas, ya que esta destreza los colocaba inmediatamente en el selecto grupo de los pescadores expertos.

No debe extrañarnos pues la idea de que antiguamente se hayan celebrado concursos o competencias para ver quién era el pescador que mejor se deslizaba sobre las olas, eventos de naturaleza ritual semejantes a los antiguas olimpiadas griegas. ¿Por qué no? ¿Puede un hombre, de la cultura o el tiempo que fuera, abstenerse de correr olas una vez que ha experimentado el enorme placer que tal práctica supone? Nosotros no vamos a negarlo, pero ahora, en esta parte del capítulo, vamos a mostrar los argumentos que nos llevan a pensar que pudo ocurrir así.

El Perú, cuna del arte de surcar olas

Tradicionalmente, las raíces del arte de surcar olas se remontan directamente a los antiguos miembros de la realeza hawaiana, quienes corrían olas sobre unas tablas construidas por ellos mismos con materiales oriundos de la isla. Desde entonces, se conoce al arte de surcar olas como "el deporte de los reyes", y la mayor parte de la historia contemporánea, con frecuencia basada en estudios hechos en el Bishop Museum de Hawaii, acostumbra a ubicar su origen en las azules aguas de Oahu y sus islas aledañas.

Sin embargo, desde hace algunas décadas, ciertos avances en el campo de la arqueología precolombina han revolucionado las teorías tradicionales del origen del arte de surcar olas y su conexión con las civilizaciones costeñas. Esto debido a que, gracias al descubrimiento de culturas del norte del Perú, tan altamente desarrolladas como llegaron a ser las antiguas civilizaciones egipcias, se han encontrado evidencias de que estos hombres llegaron a correr olas hace cinco mil años. Tal es el caso del reciente descubrimiento de las ruinas de Caral, cuya antigüedad se remonta cinco mil años en el pasado.

Existen dos culturas, Mochica y Chimú, descubiertas gracias a la evidencia de enormes ruinas o complejos arqueológicos a través de los cuales los ojos del mundo se han vuelto a mirar a las civilizaciones que se desarrollaron en el norte del Perú hace más de dos mil años.

Los restos de estas culturas muestran una gran influencia marina, en un grado altamente superior al de cualquier otra civilización antigua. En su iconografía, como puede apreciarse en los restos hallados en la Huaca del Brujo, en el valle de Moche, abundan las representaciones de interminables secuencias de olas que, como indican los arqueólogos, representaban el movimiento, la fuerza y el poder del mar como fuente de vida (Cristóbal Campana y Ricardo Morales: Historia de una Deidad Mochica, 1997).

Como dijimos anteriormente, estas sociedades fueron de las primeras en estar relacionadas activamente con zonas de mareas poderosas, a través de actividades como el transporte, la pesca, y los rituales. Nos han dejado numerosos ejemplos de diseños "protagonizados" por olas en la iconografía religiosa y el arte graficado en sus tejidos, frisos y cerámicas, muchos de las cuales son modelos a escala de las primeras embarcaciones utilizadas para correr olas.

Una revolución arqueológica: las culturas de Mochica y Chimú

Por lo general, el desarrollo de las sociedades se rige por sus avances en agricultura, pero en el caso de Mochica y Chimú, su desarrollo estuvo más ligado a la pesca: convirtieron el Océano Pacífico en una de las más grandes pesquerías del mundo. Durante esa época, el pescado fue la principal fuente de proteínas en la dieta de los 100,000 habitantes de la ciudad de Chan Chan.

Los habitantes de Mochica y Chimú idearon sus propias formas para el arte, la organización social y construcción de grandes ciudades y complejos piramidales. En toda la creación artística de los Mochica, e incluso más en la de los Chimú, aparecen dos símbolos fuertemente asociados con las divinidades: los arco iris y las olas.

Cuando los antiguos pobladores distinguían los colores del arco iris entre las nubes de los Andes, sabían que faltaba poco tiempo para que las lluvias empezaran a llenar los elaborados canales de irrigación con que alimentaban sus cultivos, por lo cual el arco iris era símbolo de la fertilidad. En el caso de las olas, éstas simbolizaban el poder: el eterno e incomparable poder que controlaba su universo. Como resultado, en varios de los tejidos y obras de arte que representan deidades o situaciones sobrenaturales, aparece un borde de olas alrededor del diseño. La interpretación más próxima de este hecho es que los antiguos percibían que el verdadero poder sobre sus vidas estaba en manos de las olas.

Estas culturas fueron de las primeras en enfrentar el reto de vivir a orillas de una marea poderosa, expuesta a crecidas durante varios meses cada año. Basta con imaginar las infinitas series de olas de Chicama, y recordar que una de las mejores olas del mundo está a sólo veinte kilómetros de las excavaciones de Lambayeque, en donde una de las tumbas más fastuosas y ricas de América --la del Señor de Sipán-- fue descubierta hace pocos años. Ahora, imaginen tener que pasar ola tras ola para alcanzar un determinado punto de pesca, en donde el alimento está al alcance de la mano. Y después imaginen que todo se hace a bordo de una balsa hecha de totora.

Los primeros hombres que experimentaron el placer de surcar olas, entonces, fueron pescadores que tenían que enfrentarse a la fuerza de las olas para conseguir alimento. La valentía necesaria, en combinación con el instinto de supervivencia, dio lugar a un ritual de paso similar a otros rituales de guerreros o de lucha en la historia, siendo éste el más temprano ejemplo de un hombre utilizando una balsa creada específicamente para salir y entrar del mar.

El festival de Chan Chan

El Festival de Mar de Chan Chan, en Huanchaco, un puerto de unos diez mil pobladores a unas 560 kilómetros al norte de Lima, es un evento único en el mundo de la tabla, una oportunidad para conocer una milenaria tradición de surcar olas que aún se mantiene viva.

Huanchaco es el más grande de los pueblos costeños en que aún se puede ver a los pescadores introducirse en el mar a bordo de los caballitos de totora. Ellos siguen practicando con éxito las mismas técnicas de pesca y construcción de balsas de sus antepasados, que, como señalan los arqueólogos, cuentan con más de tres mil años de antigüedad. Y pescan en las mismas aguas que alguna vez proveyeron de alimento a los cien mil habitantes de la ciudad de Chan Chan, bajo cuyo nombre se bautizó al festival.

Antiguos ritos de paso relacionados con las olas

Otro rito de Mochica y Chimú consistía en que un hombre, sobre una balsa de totora, debía encontrar y llevar a la playa el huevo de un ave marina, para utilizarlo en la ceremonia en que sería nombrado "hombre-ave del mar" (Antonio Raimondi: Notas de viaje, 1942).

Esto nos recuerda a los motivos de hombre-ave y huevo encontrados en el arte religioso de la isla de Pascua. A partir de aquí surgen las especulaciones que llevan a la hipótesis de que la fuente y verdadero origen de los ceremoniales de "hombre-ave", celebrados con variantes a lo largo de las culturas polinesias y las sociedades hawaianas, está en el Perú preincaico. Asimismo, el acto de probar la virilidad mediante una hazaña de distancia y supervivencia es un ritual que tiene representaciones similares en la cultura hawaiana, incluso cuando se toma en cuenta que el arte de surcar olas empezó a practicarse dentro de ceremonias religiosas.

La ciudad de los hombres que corrían olas

En ningún otro lugar del norte o el sur de América pueden encontrarse pruebas de un desarrollo social tan vinculado al mar como el que establecieron los pobladores de Chan Chan, y prácticamente en ninguna cultura de la historia existió una población tan numerosa que conviviera tan íntimamente con el mar, un mar poderoso que además estaba en crecida durante la mayor parte del año.

Las condiciones presentan una ecuación interesante: cien mil personas a quienes alimentar, siendo la totora el único material disponible para fabricar balsas flotantes, para una de las mareas más consistentes del mundo y una corriente de aguas frías paralela a la costa, llena de peces. No cuesta tanto imaginar que, dadas las circunstancias, los pescadores de Chan Chan se ganaran la vida en el mar, y que utilizaran las largas rompientes para empujar sus balsas hacia la orilla, donde negociaban los frutos de su trabajo.

Es por ello que muchas de las paredes de la ciudad de Chan Chan están cubiertas con diseños y frisos en altorrelieve que representan escenas de pesca, series de olas, aves marinas, deidades del mar y espíritus. En el Corredor de los Peces y las Aves, uno de los mejor conservados, se ven representados los grandes oleajes junto con la corriente de Humboldt llena de peces, a medida que su ubicación varía a lo largo del año.

Origen de las balsas de juncos

Tratándose de un punto crucial en el desarrollo de nuestras investigaciones, determinar la antigüedad de la balsa de juncos caballito de totora requirió no pocos meses de estudio y lecturas. Nuestra fuente principal en este punto, ha sido la exhaustiva y monumental "Historia marítima del Perú", editada por el Instituto de Estudios Histórico-Marítimos del Perú. De la mano de historiadores de la talla de Hermann Buse de la Guerra y de José Antonio del Busto Duthurburu, exploramos la prehistoria de la navegación peruana desde sus orígenes, confirmando con gran regocijo que el caballito de totora ha jugado un papel trascendental en nuestra historia marítima.

Ahora bien, en cuanto a la antigüedad del caballito, son muchos los autores que exponen diversas teorías, señalando fechas que por momentos, parecen completamente diferentes entre sí. Así por ejemplo, tenemos el caso de Salvador Canals Frau, quien señala en su libro Las civilizaciones prehispánicas de América que "la balsa que se fabrica atando varios haces de juncos o de tallos de totora es de origen paleolítico", lo cual situaría la aparición del caballito a la era de los cavernícolas de la edad de piedra, hace más de ciento veinte mil años.

Por otro lado, Hermann Buse afirma que "en el mundo, la balsa de totora --mejor: la balsa de haces-- es antiquísima. Aparece ya en los albores de la civilización y, fuera de duda, está en los comienzos mismos de la navegación. Es probable que sólo fuera antecedida por el simple tronco desbastado del que se valió la primera criatura audaz para entrar en las aguas profundas de un río o de un lago para llevar algo o recoger algo en la otra orilla". Estas afirmaciones, claro está, se refieren a las balsas de juncos de cuya existencia se han hallado testimonios en diversos lugares alrededor del globo, como en los lagos mexicanos de Chapala y Tlaxcala, en el valle del Nilo, en Asiria y en las orillas de los ríos mesopotámicos.

Asimismo, la balsa de juncos fue común a infinidad de pueblos de Asia, Australia, Tasmania e islas de Oceanía, sin excluir de este conjunto a la Isla de Pascua, donde los nativos usaban unos atados de paja que, técnica y formalmente, en nada se diferenciaban de los caballitos de totora de la playa de Huanchaco.

Antigüedad de la balsilla de totora

Ahora bien, siguiendo las investigaciones de Hermann Buse registradas en su libro Perú, 10.000 años, el problema de la antigüedad de las balsas de totora en el Perú ha sido en gran parte aclarado en los últimos años. Dice Buse que "reconocido su apogeo, por el testimonio incontestable de la cerámica, en la edad Mochica --primeros siglos de la era cristiana--, inquietaba vivamente a los arqueólogos saber cuándo, en realidad, empezaba su uso: si con los mochicas o antes de ellos, y si esto último, en qué siglo o milenio de la lejanía prehistórica. Los fundamentales trabajos de Bird en Huaca Prieta, en los años 1946 y 1947 --que dieron por resultado el descubrimiento de la era precerámica--, arrojaron clara luz sobre el problema y permitieron desde ese momento creer que: el hombre peruano de hace cinco mil años conocía y usaba la balsa para pescar no lejos de la playa.

"Así, abundantes evidencias arqueológicas atestiguan su utilización en tiempos muy lejanos, y el hallazgo de redes y flotadores en la citada Huaca Prieta, del valle de Chicama, en un estrato probablemente precerámico, de cinco mil años, indica que los hombres de entonces practicaban un tipo de pesca en el mar que requería del auxilio de una embarcación. Esa embarcación no podía ser otra que la balsa de haces de totora. Su ubicación, por lo tanto, está arqueológicamente probada (por el método del radiocarbono, en las finales del tercer milenio antes de Cristo, en la Costa Norte del departamento de La Libertad".

Todas estas afirmaciones, formalmente válidas para el criterio de los historiadores, necesitan sin embargo el sustento arqueológico para poder determinar la antigüedad real del caballito de totora. Lo cual nos lleva a los descubrimientos de Rafael Larco Hoyle según los cuales "la más antigua representación del uso del caballito de totora en la cerámica, con valor de documento irrefutable, la proporciona la cerámica Virú, de la época llamada Evolutiva y que corresponde al Formativo de otros esquemas". Dice Larco: "El caballito de totora... se encuentra en la cerámica Virú, lo que demuestra que entonces lo emplearon ya". (Rafael Larco Hoyle: Archaelogía Mundi. Perú, 1966).

Si tomamos en cuenta que la cultura Virú se desarrolló, estrechamente vinculada al mar, en el primer milenio antes de Cristo, y sus representaciones en terracota de los caballitos corresponden a los años 800-600 antes de nuestra era, podemos concluir con Buse que "del caballito de totora, como el que aún emplean para sus faenas los pescadores de Huanchaco y playas de Lambayeque, poseemos representaciones alfareras de extraordinario valor que ubican su existencia hace, aproximadamente, cinco mil años".

Llegados a este punto, los testimonios son abundantes. Así, cercana a esta sorprendente cronología es la que insinúa Bird: "Los vasos Gallinazo, de hace 2.200 años, muestran también caballitos iguales a los que siguen en uso en la Costa Norte". (Bird: Art and life in Old Perú)

Y Kosok: "Los diseños de los huacos de la época temprana de la cultura Mochica muestran embarcaciones similares a los caballitos de totora actuales, lo cual da la pauta para señalar la antigüedad de su origen..." (Kosok: Life, land and water...)

Por último, terminaremos este apartado citando una vez más a Hermannn Buse, quien afirma que "el caballito en nuestros días es indispensable cuando hay braveza; y todavía se le usa, aunque poco a poco es desplazado por los botes de diseño moderno, en algunas tareas cercanas a las playas, como la colocación del chinchorro y la revisión de las trampas para el cangrejo y la langosta. Con sus cinco mil años de historia (o más años en base a otros indicios existentes), y siendo un directo descendiente de las primitivas embarcaciones precerámicas de totora es, el caballito de totora es, de todos los elementos de la cultura aborigen aún vigentes, uno de los más antiguos y, por consiguiente, de más rancia y conservadora prosapia, un caso único de aferramiento a la tradición. (Hermannn Buse de la Guerra: Historia Marítima del Perú, Tomo II, Vol 1.)

Tomando en cuenta todas estas declaraciones, podemos afirmar entonces, sin temor a equivocarnos, que el caballito de totora tiene por lo menos cinco mil años de antigüedad, y que, por lo tanto, el arte de surcar olas, es tan antiguo como el mismo caballito.

Cinco mil años surcando olas

Hemos visto que, si bien los testimonios arqueológicos sitúan la aparición del caballito de totora en algún lugar del tiempo no muy lejano al año 3.000 Antes de Cristo, existen criterios suficientes para pensar que es aún más antiguo. Nosotros no queremos, bajo ningún motivo, exagerar la antigüedad del caballito, pero tampoco podemos dejar de señalar que si hace cinco mil años algún alfarero tomó como modelo un caballito de totora para inmortalizarlo mediante su arte en un ceramio, no es del todo descabellado pensar que la existencia de dichos caballitos fuera anterior a la representación gráfica del mismo.

Lo cierto es que, si desde un principio la balsa de totora se constituyó como la más importante herramienta pesquera de los antiguos pobladores yungas, es preciso admitir que las sesiones prácticas que los pescadores necesariamente debían efectuar para familiarizarse con las olas y con el uso del caballito son tan antiguas como el caballito mismo. La conclusión de todo esto es más clara que el agua: hace cinco mil años, el caballito de totora era un elemento familiar a la vida de los pescadores, por lo tanto, hace cinco mil años, correr olas era parte de la faena rutinaria de estos mismos pescadores, quienes descubrieron y disfrutaron el enorme placer de correr olas mucho antes que este arte fuera perfeccionado y llevado a su más alto grado de perfección artística por los miembros de la realeza de Hawaii

Autor: Óscar Tramontana Figallo – Fragmento del Capítulo 2 del libro “Cinco mil años surcando olas”.

 

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