Las huacas rompientes y el surfer peruano
13/ago/2012 - Fabio Castagnino Ugolotti / Fotos: Rommel Gonzáles, Beto Santillan, Ronald Harrison M. & Archivo Olasperu.com

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Gabriel Villarán en Cabo Blanco Nov 2010 - Foto de Beto Santillan

Los pueblos de la costa peruana han experimentado procesos de sincretismo al igual que los de los Andes. La cosmovisión del poblador costeño precolombino se ha ido entremezclando y superponiendo con elementos cristianos durante la historia del mestizaje con una clara prevalencia católica, en los símbolos un poco más que en los significados. Los procesos de los andinos y los netamente costeños tienen inmensas diferencias, pero la principal es que la "extirpación de idolatrías" en el segundo grupo fue casi total; las huacas, centro de adoración local y regional, quedaron, poco a poco, en el abandono y olvido.

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Cesar Aspillaga en Cabo Blanco Nov 2010 - Foto de Beto Santillan

Esas enigmáticas estructuras de barro ya bien recostadas en las inmensas faldas de nuestros desiertos, erguidas sobre la cobertura diezmada de nuestros bosques secos, o enclavadas en medio del cemento de las ciudades, no guardan ya ninguna relación con la vida diaria o la identidad de la mayoría de los pueblos, más allá de un reconocimiento bastante superficial. Sin embargo, algunos de los rasgos culturales que estaban detrás de tales cultos perduran, transmutados, en la profundidad de nuestracultura, y se asoman sutiles, casi irreconocibles, modernizados. Estos, si bien ya no tienen el poder de ordenar las sociedades costeras actuales, determinan algunas de las características de grupos o individuos, y moldean su vida diaria. Aquí hablaremos, partiendo desde conocimientos muy empíricos, de los tablistas (surfers) de Lima y algunos lugares del norte peruano. Si bien existe una gran mayoría de personas dentro de este grupo cuya aproximación al mar es puramente utilitaria (les interesa correr olas para simplemente divertirse), también hay, en las minorías restantes, una fuerte carga de simbolismo y religiosidad con relación al mismo, similar a la que se tenía por las huacas.

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Cristóbal De Col en Puerto Viejo

Es evidente que no planteamos aquíuna continuidad en el sincretismo a través de ese deporte, sino más bien buscamos establecer las posibles relaciones de lo que es una forma de expresión de ciertas reminiscencias de la cosmovisión prehispánica, que caracteriza a los surfers peruanos y los diferencia de aquellos de otros lugares del mundo, con los cultos a las huacas costeñas.Debemos tener en cuenta, sin embargo, que muchos elementos de la "cultura surfer" tienen una vena hawaiana en algunos significados, y californiana en algunos símbolos. Esto puede apreciarse claramente en el uso de palabras de origen anglosajón en la comunicación diaria.

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Free Surfing en el Nacional Open de Puerto Viejo - Rommel Gonzáles

Aunque se utilice generalmente para nombrar las edificaciones mencionadas, la palabra "huaca" significa lugar sagrado. O incluso más allá de lo espacial, puede llegar a significar "lo sagrado". De esa forma, las huacas pueden estar asociadas a objetos o a restos humanos sacralizados, que se han depositado en un lugar determinado. En el mundo prehispánico, las huacas eran lugares de veneración, y estaban asociadas a antepasados, a dioses y a fuerzas de la naturaleza, usualmente entremezclados. El panteísmo era una característica de ese sistema, con lo cual muchos pueblos reconocían dioses y huacas de otros, pero establecían una jerarquía entre ellos. Al igual que sucede con apus locales y apus tutelares, existían huacas de menor y mayor rango, que incluso servían como templos u oráculos y que motivaban peregrinaciones masivas, como sucedía con Pachacamac. Las huacas estaban literalmente vivas, y los dioses que las habitaban tenían el poder de controlar la naturaleza y al ser humano. Una huaca local era el centro de culto de un pueblo, le daba orden, determinaba posiciones y roles sociales.

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Gabriel Villarán - El Hueco

En el caso de las olas sucede algo similar. En Lima, existen rompientes locales de rango menor (no necesariamente por su calidad, sino por su rol dentro del conjunto de rompientes), como pueden ser San Bartolo, Caballeros, o Puerto Viejo, que son olas accesibles a gente de distintos niveles de surf. También están las playas de mayor jerarquía, como pueden ser El Paso, La Herradura o Punta Rocas, que cuando el mar embravece suelen determinar muy claramente las posiciones o roles de las personas dentro de la cultura surf. Y por último están las rompientes tutelares, como Peñascal o Pico Alto (que vendría a ser equivalente a Pachacamac y que atrae surfistas de todo el mundo), cuyo poder es tal que discriminan drásticamente el acceso de las personas. En el norte, esto sucede con playas como Máncora, Chicama o Huanchaco, en el primer grupo; Lobitos, La Vuelta, Pacasmayo o Baterías, en el segundo grupo; y Cabo Blanco, Panic Point, El Hueco, en el último. Es interesante como, por ejemplo, a inicios de la temporada de oleajes del norte, Cabo Blanco se convierte en un centro de peregrinaje importantísimo para todos los surfers del Perú. La fidelidad, fervor, y puntualidad en esto es asombrosa.

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Javier Swayne en El Paso - Foto de Rommel Gonzáles

Pero más allá de las jerarquías entre las rompientes, así como se daba entre las huacas, queremos resaltar la actitud y la mística que tiene un tablista al aproximarse a estos lugares. Una playa es un santuario. Correr una ola es una experiencia crítica de espiritualidad, en la que el hombre y la naturaleza se unen y sincronizan por algunos segundos. Esta unión puede ser armónica o conflictiva, pacífica o agresiva, dependiendo de la jerarquía de la rompiente, de su humor, e incluso de la actitud con la que uno se aproxima a ella. Los tablistas peruanos solemos referirnos a las playas como seres pensantes, como espíritus, como dioses. Solemos entrar al mar como quien ingresa a un templo, a menudo persignándonos, saludando, pidiendo permiso. De estas relaciones deviene no solo un orden social en cuanto a jerarquías en los niveles de surf, sino que se establece una serie de reconocimientos, respeto y casi veneración hacia ciertas personas que tienen una trayectoria de conocimiento, comprensión y compenetración con el mar y con ciertas playas en particular.

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Jorge Fernández en El Paso - Foto de Rommel Gonzáles

Para ejemplificar esto, describiremos aquí una situación típica en la playa El Peñascal, en San Bartolo, al sur de Lima. Esta rompiente suele alcanzar y sobrepasar los cuatro metros de altura durante crecidas grandes entre abril y octubre, principalmente. Esta playa es la huaca local más importante para una comunidad (la de San Bartolo), y siempre ha sido un espacio de graduación, de ingreso a la adultez, en términos de surf. Existe un grupo muy reducido de personas que solemos frecuentar esta playa, y nuestra presencia allí los fines de semana o días de oleajes fuertes es religiosa. Están también los surfers que llegan de otras playas del sur, que también suelen mantener esta mística, como quien visita un oráculo o templo en un lugar que no es el de origen.

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GabrielJuninho Urcia en Puerto Viejo - Rommel Gonzales

En el proceso de ingreso al mar, siempre hay un momento de visualización, de mentalización, en el que se pide permiso, se entra en contacto con la rompiente. Este momento es clave, debido a que un mal entendimiento o la falta de sincronía con las características, el temperamento, la fuerza, en concreto, con el espíritu cambiante de Peñascal, puede costar muy caro. Así como cuando se ingresa a un templo, a una huaca, el ingreso al mar en estos momentos debe ser con un respeto profundo; incluso algunas personas, como cuando ingresan a una iglesia católica, se persignan, se encomiendan. Están entrando en la casa de un dios. La capacidad de integrar respeto por este dios pero a la vez un acercamiento crítico a él, es el origen de la mayoría de veneraciones en el mundo del free surf. Son incontables las veces que hemos visto personas ingresando al mar en tales condiciones con una actitud distinta, sin saber su lugar, sin conocer bien dónde están, y que han terminado botados y revolcándose en la orilla rocosa, resbalosa por partes, y plagada de picos de loro. Es creencia popular entre los surfers, y se toma muy en serio, que el mar elige quiénes ingresan o no en él, quiénes no están teniendo una actitud adecuada, o se están dejando llevar por sus mañas y trucos, al mismísimo estilo de los griegos con Poseidón. Más de una vez nos hemos parado en la orilla, y hemos sentido que no estábamos en las condiciones espirituales y mentales para surfear Peñascal un día de cuatro metros.

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Martín Jerí en Puerto Viejo

Este tipo de mentalidades resulta muy extraño para surfers de otros lugares del mundo, incluso latinoamericanos. Más de una vez he sostenido conversaciones con personas de Estados Unidos, Alemania, España, Australia, Brasil, o incluso Chile, y se han mostrado sorprendidos e intrigados por la manera que tenemos algunos para referirnos al mar o a una rompiente. La personalización, la humanización, de los hechos que suceden en el mar, del movimiento de las corrientes, de la forma de romper de las olas y de los cambios repentinos que estos tienen y a veces resultan en situaciones críticas y extremas, les resulta algo curioso y difícil de entender en términos reales. Quizás sean los hawaianos los que más se parezcan a nosotros en este sentido, ya que también han dado nombre de deidades a sus rompientes, así como a sus volcanes. Coincidentemente, la costa norte peruana y Hawaii han sido las dos cunas del deporte de surcar olas (surf). El surf moderno vino desde Hawaii a través de los californianos, pero aquí se surfeaba en caballitos de totora desde innumerables siglos antes.Al igual que en esas épocas, el mar, las playas y las olas, determinan el ritmo y estilo de vida de muchos surfers peruanos.

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Ricardo Cruzado en El Paso - Foto de Rommel Gonzáles

Este pequeño intento de correlacionar dos ámbitos distintos que guardan un fondo común entre sí tiene el objetivo de plantear una discusión de derecho cultural. En los últimos años, la comunidad de surfers del Perú se ha visto inmersa en protestas y conflictos a causa de los intentos de realizar infraestructuras en lugares críticos para la práctica del surf. Es necesario entender que existen minorías como esta, que no por no ser amazónicas o andinas carecen de elementos culturales diversos y que es necesario comprender y respetar. Atentar contra una ola es atentar contra un templo, un espacio sagrado, que es centro de la vida de muchas personas en comunidades costeras. No está demás decir que las olas constituyen también una enorme oportunidad de desarrollo en tanto que son recursos turísticos de gran especialización. El Perú cuenta hace ya unos años con una ley de protección de rompientes aptas para la práctica del surf, pero todavía falta que la idea detrás de esto cale más profundo, y sobre todo que se apruebe su reglamento, sin el cual esta ley es letra muerta.

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Sofía Mulanovich entrenando en Puerto Viejo - Foto de Rommel Gonzáles

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Tamil Martino en El Hueco - Rommel Gonzáles

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Tomás Tudela - Puerto Viejo - Foto de Ronald Harrison M